martes, 2 de junio de 2020
Yo Ingeniero - Mi paso por una empresa mixta
El tema es que entré a trabajar ahí, sin saber dónde me metía (producto de vivir desinformado, claro).
El lugar de trabajo era en un edificio viejo, donde habían algunas oficinas para los gerentes y un espacio abierto para los de sistemas. Un rejunte de escritorios, sillas, ficheros viejos y la gente mayor de 60 años, que parecía haber estado desde siempre ahí, completaban el mobiliario. Sólo el Arquitecto de Software, una pasante y yo éramos los jóvenes del lugar.
Apenas empezado, yo esperaba que alguien me diera una introducción a la jerarquía de la empresa, dónde estaba parado en el organigrama, cuál era el negocio de la misma (a grandes rasgos), y cosas que uno consideraría como de costumbre al empezar un nuevo trabajo. De todo aquello, lo único que ocurrió es que vino un hombre bastante entrado en años a decirme que él era el gerente del lugar. Y no lo vi de nuevo por las siguientes dos semanas.
El segundo día, me senté en mi escritorio, prendía la computadora, y dí vuelta mi silla dándole la espalda al monitor, esperando que alguien viniera a decirme qué hacer. Pasaron los otros empleados a presentarse, muy amables todos, con su vasito de café en la mano, pero nada más ocurrió esa mañana. Por la tarde, vino el Arquitecto, y oh sorpresa! Tenía un volumen extremadamente bajo en la voz. En un espacio abierto, yo operado de un oído, me era imposible escucharlo. Le dije que por favor me gritara, que yo era sordo, y luego de reiterados intentos le entendí que tenía problemas en las cuerdas vocales y no podía hablar más fuerte. Yo sordo, él mudo. Bien empezábamos.
Intentó explicarme en qué estaba trabajando, una especie de librería de controles (que se usaban mucho en esa época). Le dije que yo ya tenía una hecha, pero no, él quería hacer la suya (otra cosa que también se usaba mucho en esa época). Me dijo que cuando la terminara, íbamos a poder usarla... y se fue.
No me dijo qué hacer, ni cuándo la iba a terminar, ni qué esperaba de mí, ni nada. Aunque quizás sí me lo dijo pero no lo oí.
Los siguientes días de la semana se hicieron eternos. Me la pasaba alternado entre el juego del solitario (que ya le ganaba todas las veces) y el buscaminas (al que perdía pocas veces).
La semana siguiente empecé más esperanzado, pero al segundo día me dí cuenta que la cosa no iba a cambiar.
Quizás era yo que parecía ocupado, con tanta concentración que requerían esos juegos, así que bajé uno de naves, muy al estilo arcade, y lo más importante, que hiciera mucho ruido.
Sólo me pidieron que bajara el volumen.
Entonces acomodé el monitor como para que se viera que yo estaba reventando OVNIS a más no poder, esperando que me dieran algo para hacer.
No ocurrió. Y pasó la segunda semana.
En la tercera semana, ya llevaba bajado unos 15 juegos, proponiéndome a disfrutar de las inesperadas vacaciones pagas, cuando el gerente se acercó a mi escritorio. Entusiasmado lo mostré mi nuevo récord en el pacman, pero el hombre ni se inmutó. Venía a decirme que teníamos que relevar el circuito de un documento (y espero, lector, que sepa perdonarme, pero no recuerdo qué documento era, aunque de ahí puede deducir que muy importante no sería).
Me asignó como compañera y guía a la chica joven del lugar (a quién llamaré María, no por salvaguardar su identidad, sino de nuevo, por la fragilidad de mi memoria), y salimos raudos por las oficinas a perseguir el origen del papel.
María todavía estaba estudiando y llevaba dos meses en la empresa. Dos meses en los que no había hecho nada. Estaba entusiasmada por usar todo lo que estaba aprendiendo en la universidad, así que le puso mucha voluntad al trabajo. Era cuestión de preguntar quién generaba el papel, quienes los rellenaban, quienes los aprobaban, quiénes lo sellaban y quiénes lo guardaban. Ella tomaba nota de absolutamente todo, y de vuelta en la oficina se ponía a armar diagramas de flujo.
El trabajo se podía haber hecho en un día, pero eran tantas las oficinas a las que había que ir, tanta gente con la que hablar hasta dar con el indicado, que se perdía mucho tiempo. Mi primer encuentro con la burocracia. Nos tomó una semana.
En la semana siguiente, teníamos que preparar el informe. Yo sólo quería poner dos líneas:
1) Roberto no agrega ningún valor al proceso, sólo guarda el papel en un cajón, para al otro día (o a los dos), dárselo a la siguiente persona. Ni lo mira.
2) Claudia sella dos hojas por día, y claro, dice que se le acumula el trabajo.
María incluyó los diagramas que hizo, un anexo con notas, y no sé qué mas, y presentamos el informe un Lunes al mediodía.
Martes por la mañana, el gerente vino a pedirnos que modifiquemos el informe, porque Roberto era hijo de un político y Claudia era sobrina de otro.
Cuando el gerente se hubo marchado -o quizás antes-, yo ya estaba buscando un nuevo trabajo.
Martes por la tarde vino el arquitecto a mi escritorio, a mostrarme lo que estaba haciendo. No pude escucharle una palabra. Pero atendí las llamadas de dos empresas interesadas en mi perfil.
Miércoles me levanté y en vez de ir al trabajo fui al correo a enviar mi telegrama de renuncia.
La historia podría quedar ahí, si no fuera por una anécdota más. Cuando fui a retirar el cheque de la liquidación final, me encontré con María en un pasillo. Me comentó que mi renuncia había provocado una revolución en la empresa, porque NUNCA NADIE había renunciado de ese lugar.
¿Y es entendible! Eso era un paraíso para cualquiera. Un paraíso de vacaciones pagas, con aire acondicionado y café gratis. ¿A quien no le gusta eso?
Todos se preguntaban si yo era de una repartición escondida, que había ido a hacer una especie de auditoria secreta y ahora iba a expulsarlos del edén.
Me hicieron esperar para hablar con el gerente. Le expliqué que yo era simplemente un idealista que quería cambiar el mundo y todavía no tenía ganas de vegetar. No sé si me creyó, yo ya estaba preparándome para mi siguiente entrevista de trabajo.
viernes, 4 de octubre de 2019
Yo ingeniero - Mi accidentada relación con el sexo opuesto
Una de esas veces ocurrió en un boliche, al que no sé por qué acudía gente de toda la provincia.
Obviamente, todos los locales estábamos ahí, pavoneándonos (en el sentido mas pavo) delante de bellezas exóticas lejanas, que vaya uno a saber por qué venían.
Entre esos locales estábamos mi amigo, su flamante moto, y yo.
Ocurre que por una casualidad de la vida le caí simpático a una chica y la invité a dar una vuelta en moto.
Les pongo en contexto: Yo vengo de una ciudad rodeada de montañas y diques (también llamadas represas. Los diques, no las montañas). Son paisajes muy lindos de ver para los foráneos, incluso de noche.
Paisajes hasta románticos les diría, si supiera qué es eso.
El tema es que la señorita acepta y de pasada, de manera furtiva y fugaz, ocurre el diálogo con mi amigo.
- Enano, prestáme la moto que enganché algo.
- Tomá, pero no me vas a dejar a pata, no?
(el boliche estaba a unos dos kilómetros del pueblo, que no parece tanto, pero cuando el pueblo tiene 3 kilómetros de largo sí que lo es)
- Nah, tranca.
Y salimos con la señorita a dar una vueltita.
¿Vieron que los helicópteros tienen una barra vertical fuera de la cabina llamada "cortacables"? Bueno, la adhesión de las glándulas mamarias de la señorita a mi espalda consiguió que tuviéramos nuestra propia barra "cortacables" en la moto.
La moche era mas bien fría (todas las noches lo son en Jujuy), pero de todas maneras la llevé a un dique, a que vea el reflejo de la luna sobre el espejo de agua y así quizás se quitara la bombacha más fácilmente.
Llegamos al lago, bajé la moto a la playa, y me acerqué romántica-mente por detrás de ella, con la intención de abrazarla, cuando...
- ¿Me enseñás a manejar la moto?
A mí me sonó más a "¿Me apoyás la pija en la espalda, bien apoyada, cosa que me caliente un poco, y después vamos a esos yuyos y me das hasta que Doña Florinda se quede sin café?"
¿Quién se podía negar a tamaño pedido?
Comencé a explicarle lo básico: Mirá, la "primera" es para abajo... los demás cambios hacia arriba... éste es el embrage, éste es el frePARAAAAA LOCAAAAA"
La piba aceleró la moto con dirección al agua, dejándome a mí en el suelo. No me hubiera alarmado, si no fuera por su chillido agudo que me dejaba entrever que no sabía ni parar ni doblar.
Me vi corriendo por la playa, desesperado, detrás de la moto, gritándole que frenara... hasta que por fin frenó..., producto del barro y el agua. Física pura.
Llegué hasta ella cuando estaba saliendo, al mejor estilo de "la llamada", pero con algas. Me metí al agua sin pensarlo y comencé a arrastrar la moto por el barro.
Es difícil de explicar, pero una moto enterrada en el barro multiplica su peso de manera exponencial. No tuve mas remedio que pedirle amablemente: "AYUDAME HIJA DE PUTA!"
La piba vino, y entre los dos a duras penas sacamos la moto del agua.
Por supuesto, no arrancaba.
La saqué de la playa y comenzamos a caminar por la ruta. Eran 6 kilómetros hasta el pueblo y 2 más hasta el boliche.
¿Comenté que la noche estaba fresca? Bueno, mojados, a las 4 de la mañana caminando por la ruta, se sentía como Siberia.
Por pura casualidad, un amigo, Claudio, hijo del sereno del dique, que vivía ahí, venía de pescar en su ciclomotor y nos vio.
Nos hizo ir hasta su casa, en donde sacó la bujía de la moto con una llave, la secó, secó un poco los alrededores, e hizo arrancar la moto.
Si caminando nos hacía frío, en moto parecíamos la escena de Tonto y Retonto.
Pero lo que más me preocupaba era la moto. Era nueva, el amor de mi amigo, y se la iba a devolver en estado calamitoso.
Así fue que, guiado por la culpa, entrando al pueblo, decidí desviar la ruta hacia mi casa.
Fue el único momento en donde la piba habló "¿A dónde vas?" dijo, alarmada.
Y es entendible. Estaba con un extraño, que estaba enojado, mojado y aterido de frío. Tranquilamente podría llevarla a un descampado y decapitarla.
Y ganas no me faltaban.
Pero no. Le expliqué que iba a tratar de limpiar la moto antes de que el barro se pegara. Mas.
Llegando a casa, apagué la moto 20 metros antes, para no despertar a nadie, y la empujé desde el jardín hacia el patio, por el pasillo que conecta a ambos.
Dejé la moto en el medio del patio, lejos de la casa, fui hasta el lavadero, conecté la manguera y entonces sentí de nuevo el frío. Todavía seguía con la ropa mojada!
Tomé un fuentón, puse un poco de agua con la manguera, me saqué la ropa y la dejé ahí en remojo.
Cuando salí del lavadero, llevando la otra punta de la manguera, la vi. La chica estaba abrazándose a sí misma del frío que tenía.
Me acerqué a ella y le dije "Entrá al lavadero..." y sus ojos se desorbitaron.
En mi afán por hacer todo en silencio y lo más rápido posible, no me había dado cuenta que yo estaba en ropa interior.
Intenté tranquilizarla. Le dije "Sacáte la ropa...". Sus ojos parecieron estallar.
Le aclaré que era para enjuagarla y ponerla en el secarropas. En el lavadero había toallones que podía usar mientras tanto.
Fue, y volvió envuelta en un toallón a mirar como yo manguereaba la moto.
Estaba por amanecer, lo que significaba que el boliche estaba por cerrar, y yo estaba tan absorto que nunca me dí cuenta cuando se encendió la luz de la galería entre el patio y la casa. Pero ella sí.
La miré, y ví cómo su rostro se iba desfigurando, con la mirada clavada en la galería. Y fue por ese cambio en su cara y siguiendo la dirección de su mirada que descubrí la silueta de mi santa madre recortada en la puerta del patio.
Fué sólo un instante El tiempo suficiente para ver a una extraña con el cabello embarrado usando su toallón, parada al lado de una moto en el medio de su patio, a su hijo en slip con una manguera en la mano, y como música de fondo el arrullo del secarropas.
Frunció los labios, me tiró una docena de motosierras con la mirada y volvió a entrar a la casa, cerrando la puerta y apagando la luz (podía haberla dejado encendida, la verdad).
Yo no tomé conciencia en el momento. Terminé de lavar (mas o menos la moto), saqué la ropa del secarropas, nos vestimos y fuimos al boliche.
Cuando llegamos, mi amigo estaba sentado en la vereda, con las amigas de mi aventurera. El boliche había cerrado hacía una hora.
Una hora me estuvo dedicando puteadas, que no mermaron su intensidad cuando vio el estado de su moto.
Y puteadas a las que ahora se sumaron las de las amigas, que habían estado asustadas sin saber a dónde había llevado o qué había hecho con su amiga.
Si. Volví caminando a casa. Y sí, los 2 kilómetros.
Cuando entré, ya era de día. Mi vieja estaba tomando unos mates en el comedor. Me senté e inocentemente le pedí uno.
Me lo dió. Vacío. Se levantó de la mesa y volvió a su cuarto. Entonces comprendí que podía estar ofendida.
Me fui a dormir.
Cuando me desperté, estábamos por almorzar. Comencé a tratar de explicarle la situación. Nunca me dejó.
Le expliqué la situación a mi viejo, con la idea de que me ayudara con ella.
Recuerdo sus palabras textualmente: "Yo te ayudaría... pero tampoco te creo."
Así fue como mi vieja estuvo sin hablarme y evitándome por casi un mes. Mi amigo sin prestarme la moto, por mucho mas tiempo. Y por supuesto, tampoco la puse, como ya era costumbre en mí.
sábado, 22 de junio de 2019
Odio a los millennials
Soy un pre-millennial y odio a los millennials. Lo hago por muchos motivos, pero empecemos por uno. El odio por envidia.
Los envidio mucho y por eso los odio mucho.
Escucho gente decir “pobre millennials, mirá cómo está el mundo que les tocó vivir”.
Y yo me pregunto… ¿qué mundo? Éstos tipos con suerte no tienen ni que tirar una cadena después de cagar: ¡Aprietan un botón! Y en alguno países ni eso… se levantan, se limpian el culo (sí, todavía lo tienen que hacer a mano, “pobres”), y se van, y el inodoro solito tira el agua.
Y eso es lo menos automático que tienen. Mi vieja me hacía pasar el “mechudo” (una especie de mopa, mojada en kerosenne) por el suelo de ladrillo ¡TODOS LOS PUTOS DÍAS! Odiaba esa mopa, ese piso, los ladrillos, todo. Pero los millennials no, ellos tienen aspiradoras robot.
Y así con todo. Heladeras que con grifos de agua fría, aires acondicionados, piscinas desinfectadas, abrigos de polar… ¿Sabés cómo picaba en el cuello la polera de lana gruesa que te tejía tu vieja? Nada que ver con el polar suavecito de ahora… Por suerte para emparejar la cosa hay algunos alérgicos al polar. QUE SE CAGUEN.
Cuando esgrimo todos éstos argumentos, esa misma gente me dice “sí, pero yo me refería al medio ambiente… los plásticos en los mares…”
¡Qué me vienen a hablar de los plásticos que tardan cientos de años en desintegrarse! ¡Por favor! Sí, es una cagada, pero seguro que alguno de nosotros, los pre-millennials, ya están trabajando en una manera de resolver ese problema. Porque no esperen que los millennials resuelvan algo, ¿eh? Son unos inútiles que tienen todo servido. Pero no es ese el punto. El problema de los plásticos va a suceder en un futuro a mediano plazo. No se puede comparar con predicciones catastróficas que vivimos nosotros ¿O no se acuerdan del famoso Agujero de Ozono? Siiii, ese agujero por el que se estaba yendo el oxígeno y si no se cerraba nos quedábamos sin aire y sin atmósfera, muriéndonos todos asfixiados o rostizados. Andábamos todos con olor a chivo porque los desodorantes agrandaban el agujero. ¡Ese era un verdadero problema¡. ¡Inmediato! ¡Urgente!
Pero hay otro motivo por el que los odio mucho más, y es mucho más banal. Los odio porque tienen porno gratis.
Hoy ellos agarran internet, escriben “culo teta concha” y listo. A cascarse. Instantáneo.
¿Y si les cortan la luz? Salen a la calle, pasan por cualquier revistería, miran, retienen mentalmente la imagen, van rápido rápido a sus casas, entran al baño, y a cascarse.
¡Para nosotros era mucho, pero MUCHO más difícil!
Primero, no teníamos internet. Segundo, las revistas estaban en exhibición, si, pero con un plástico negro que sólo dejaba ver, a veces, los pelos -de la cabeza, eh!- de la chica de tapa.
¿Cómo lo solucionábamos? Un adulto tenía que comprar una revista por nosotros, ¡pero estaba muy mal visto comprarlas! Yo tuve suerte en ese sentido porque en mi grupo de amigos había uno con el padre viudo. Me atrevo a decir casi con seguridad que en casa de todo viudo había revistas pornográficas.
Era cuestión de saliera de su casa un momento para que empezáramos a buscar la revista del mes.
No, no. No había muchas porque el viejo, cuando compraba una nueva, TIRABA la anterior. Claro, porque él la podía ver cuando quisiera y seguramente la había gastado a miradas. Si habremos pasado horas rebuscando en la basura… porque hasta eso era difícil. No se separaba papel, plástico, orgánico… no no. Todo era un menjunje viscoso y asqueroso. Jamás estaban en buen estado. La que mejor estaba tenía manchas de huevo frito con mayonesa, cebollas, champú, yerba y mocos entre las hojas.
Por eso era mejor encontrarla antes que el dueño la tirase. La primera vez que la veíamos era como descubrir un tesoro. Todo un ritual. Con lo poco que tardábamos en eyacular, podría habernos durado tranquilamente un año. Pero no. La primera vez era con armas enfundadas. Se pasaban las páginas leeeeeentameeeeeente. La idea era fijar las imágenes, para usarlas luego cuando la revista no estuviera disponible.
Terminada de hojear la revista, entonces sí, se hacía el sorteo para determinar el orden de uso. Una vez hecho el sorteo, en ese orden se usaba el baño más cercano, con la condición sine qua non de no ensuciarla. Ese orden era muy importante, porque si te tocaba entre los últimos podía no darte tiempo si el dueño de la revista llegaba antes a casa. Aunque si ocurría esto, el que estaba en el baño la pasaba peor, porque, en pos de dejar la revista exactamente donde estaba lo más rápido posible, era abruptamente interrumpido en medio de la faena.
Una tristeza todo.
Pero aunque los odio mucho por eso, el principal motivo de mi odio es porque tienen Tinder.
Ustedes no saben lo difícil que era ponerla en mi tiempo.
Si uno conocía una chica, había que pasar una serie de pruebas antes de concretar. Había que, primero, obtener el número de teléfono.
Parece una estupidez, pero era dificilísimo, porque la señorita, por más que estuviera muerta con nosotros, sabía que dárnoslo era un gran paso. Era el comienzo del ritual de seducción, que estaba muy muy muy lejos del ritual de apareamiento, pero había que pasar por él.
Una vez conseguido el teléfono, había que llamarla. El teléfono era fijo. Y fijo que atendía su padre.
- Hola?
- Si, hola… ¿está Mariela? (con el tono más amable e inofensivo que uno podía improvisar)
- ¿Quién habla? (con tono mezcla de autoridad y amenaza)
- Cerebrado… (en esa época no se usaba la arroba adelante)
- ¿Qué Cerebrado?
- Un amigo…
- ¿Y de dónde la conocés?
Aquí había que inventar rápido, porque no se usaba planificar — Del club…
- ¿Qué club?
- El del barrio — Aunque no tuviéramos ni idea dónde vivía.
- !Mariela! Te llama un tal Cerebrado, tiene voz de medio boludo, ¿lo conocés?
Y ahí rogábamos que la piba se acuerde de nosotros.
Luego de eso, eran horas interminables al teléfono. Nuestros padres nos cagaban a pedos porque se pagaba por minuto la llamada. Igual podías zafar hasta que Telecom implementó la factura detallada de cuántos minutos se hablaban y a qué número. Botonazo.
Y finalmente llegaba el día.
¿De ponerla? Nooooo, ¡todavía estaba lejos eso! De ir a su casa a que te conozca la familia.
Ahí sí, te bañabas, te ponías la mejor ropa que tenías, y hasta te ponías desodorante. Que se cague el agujero de ozono.
Llegabas a la hora del almuerzo, y el padre, para joderte, te trataba mal. Las primeras horitas nomás. Después había que llevar al hermanito a divertirse. Si tenías plata lo metías de cabeza a los arcades, también conocidos como fichines. Si no, estabas cagado. A la plaza, a los rayos del sol, a jugar a la mancha, al escondite, o a lo que puta se le ocurriera el pibe.
Volvías a la hora de tomar el té, transpirado como si hubieras estado en Kosovo. Y ahora a hablar con la madre. A contestar qué estudiabas, qué hacían tus padres, qué pensabas hacer de tu vida… — mire, no sé señora, yo sólo quiero culearme a su hija — pensabas, pero le decías que ibas a estudiar, y que tu sueño era ser ingeniero, terminar con el hambre del mundo y encontrar la cura del cáncer.
Por supuesto, el té se tomaba bebido, sin tocar ni una factura, ni un pastelito, no fuera a pensar que eras un muerto de hambre.
Luego de la merienda, a la tardecita, había que sacar a pasear el perro. Otra vez a la puta calle, pero ésta vez arrastrado por un dálmata del tamaño de un caballo que para complicártela se quería quedar a mear cada árbol que pasábamos y se quería culiar a cada perrita que veía.
Por suerte no se usaba la dichosa bolsita, porque cagaba como un dragón el literalmente hijo de perra .
Volver a la noche, a cenar (si había suerte), y tomarte el colectivo a tu casa, sabiendo que ese día se repetiría muuuuuchas veces antes de siquiera tocarle una teta.
Ahora con Tinder es otra cosa! El otro día almorzando con un primo millennial, le pido que me muestre eso de Tinder. Me muestra.
- Ésta sí…, ésta sí…, ésta sí…, ésta no…
- Pará pará pará! Le dijiste a una que no!
- Si.
- ¿¡Pero por quéeeee!?
- ¿Cómo por qué?
- ¡Si! ¿Cómo le vas a decir que no a una?
- Y… porque no me gustaba.
- Pero, pero, ¡PERO…!
Claro, hablamos un lenguaje distinto. En mi época, uno salía con la que te diera bola. Ni por asomo le decías que no a una chica.
- Y listo. Esperamos un rato y vemos. Si le gusto a alguna, me va a aparecer acá, y ya le puedo hablar.
Yo pensé que se estaba mandando la parte. Cuando joven, yo creé un canal de chat en el IRC. Se chateaba de forma anónima por MESES antes de concretar una cita. “Un rato” dice el mocoso. ¡JA!
Pero efectivamente, 27 cronometrados minutos después, tenía dos coincidencias.
- Mirá, ahora le escribo a una… - me dijo.
Y le puso: “hola, ¿te cabe sexo en la primera cita?” el muy animal.
Yo me reí a carcajadas de semejante bestialidad.
- Noooo querido! Así no se le habla a una mujer! Tenés que empezar por preguntarle cosas y hacer como que te importa, ¡buscar temas en común! No tenés idea del arte del cortejo…
Y estaba a punto de darle una lección al imberbe éste, pero me tuve que callar: “Si, claro” le contestó la chica.
Por eso los odio. Sin esfuerzo, sin imaginación… y en medio de la abundancia.
El diálogo siguió:
- Dónde vivís?- escribió mi primo.
- En Belgrano
- Ahh, ok. Más tarde hablamos.
Yo no entendía nada. Cómo que más tarde? Ya le dijo que sí, ¿qué esperaba el inútil éste para ir?
Se ve que mis ojos desorbitados, mi mandíbula abierta y mi baba cayendo le dieron una pista.
- Es muy lejos- me dijo.
- ¿MUY LEJOS? ¡HIJO DE PUTA! ¡Son 20 minutos en tren!
- Seee, por eso…
Cómo no odiarlos!
Me vino a la cabeza la época en que andábamos con las hormonas revolucionadas. Yo vivía en un pueblo chiquito de Jujuy, en donde era imposible enganchar una señorita local por el famoso “qué dirán”. Entonces, había que salir de ahí. Ampliar el coto de caza.
La primera opción era San Antonio. Un pueblo a 7 kilómetros del mío, que constaba de 2 calles de mas o menos un kilómetro de largo. Una para ir otra para volver. Si uno pasaba por ahí en invierno, probablemente hubiera pensado que era un pueblo fantasma, si no fuera por el policía de 200 kilos que casi siempre estaba tomando un vino en la puerta de la comisaría.
Pero en verano la cosa cambiaba. Ese paraje se convertía en una villa veraniega y venían chicas de otros lugares mucho más lejanos y exóticos, como la provincia de Salta.
La vida bullía en verano… pero de noche, porque durante la siesta de Jujuy (pleno trópico de Capricornio) el sol pega tanto que las lagartijas se escupen las patas para cruzar la calle.
Entonces, de día, las adolescentes se pegaban un aburrimiento mortal y ahí es donde aprovechábamos mi amigo y yo para hacer nuestra jugada.
Como no teníamos auto, recorríamos los 7 kilómetros, en la siesta, bajo el sol de Jujuy, en bici.
Yo tenía una Fiorenza rodado 14 roja, a la que ya le faltaban los guardabarros y el portaequipaje. Decíamos que los sacábamos para que fueran mas aerodinámicas, pero la verdad es que se habían hecho pingo hacía tiempo. La de él era igual, pero verde.
Llegábamos a la casa de la señorita (sí, a los dos estúpidos nos gustaba la misma), transpirados y deshidratados. Por suerte la madre de la misma, con tal de que los hijos la dejaran dormir la siesta, nos ponía un sifón de soda a cada uno y desaparecía.
Charlábamos tratando de ganar la simpatía de la dama. Y luego nos volvíamos, cuando el sol iba bajando. Sin jamás tener ni la más remota esperanza de tocarle siquiera una teta, ¿eh? No, no. Todo ese esfuerzo era para ver si accedía a ser nuestra novia primero.
Porque, como dije, para garchar tenían que ser novias… como mínimo.
Hasta que un día se rompió mi bici… y empezamos a ir corriendo. Mirá si la falta de rodado iba a detener nuestro ímpetu.
Y así días tras día corríamos 14 kilómetros para cortejar, ¿entendés? ¡Y mi primo no quería tomar un tren por 20 minutos para ir directamente a coger!
Mi odio es profundo como la fosa de las Marianas mirá.
Para no dejarlos sin final en la historia, finalmente la mina no nos dió bola a ninguno y dejamos de ir.
¿Doloroso? Para nada! Estábamos tan acostumbrados al rechazo que al otro día estábamos poniendo la mira en otra chica.
Tristemente solo la mira poníamos.
Había alguna que otra artimaña para destacarse del resto de la manada. Una de esas era la moto.
La moto te distinguía. Si tenías una moto, tenías todo lo que las guachas quieren.
Y yo tuve un amigo que tenía moto.
Claro que todo poder conlleva una gran responsabilidad. No era mágico, no. Había que aprender a usarla.
La primera vez traté de combinarla con la caballerosidad. Luego de invitar a pasear a una señorita le ofrecí subir a la moto antes que yo.
Craso error. Luego de que ella estuviera acomodada, quité la patita de apoyo y la moto quedó sostenida en su posición vertical sólo por las puntitas de los pies de la dama.
Acto seguido yo debía levantar la pierna, pasarla por sobre el asiento, entre la señorita y el tanque de nafta y quedar en posición para emprender el viaje. Parecía sencillo, pero muchas cosas podían fallar. Y fallaron.
El problema pudo haber sido que que la moto era un poco alta, o que quedaba poco espacio para que yo entrara entre la señorita y el tanque de nafta, o que el pantalón no era muy elástico…
El caso es que al levantar la pierna y pasarla en el mismo impulso, no obtuve suficiente altura y pateé la moto (que repito se sostenía endeblemente en posición vertical) cayéndose ésta hacia un costado, sobre la dama.
No fue lo peor. Yo seguí cayendo hacia adelante desequilibrado, y en un último instante, casi en el aire, pude reaccionar dando un torpe paso hacia adelante para no pisar la moto, pero no pude evitar caer sobre la pierna de la niña, que había quedado mitad sobre el cordón, mitad en la calle.
Fractura expuesta, y no la puse. Aunque no me hubiera importado la fractura, digamos todo.
En el segundo intento traté de ser sabio y aprender de la experiencia, así que ideé el plan: Uno: La señorita debía esperar a un costado a que yo subiera primero. Dos: Levantar la pierna lo más alto posible, para no patear la moto. Tres: Una vez montado sostener firmemente la moto con las piernas y esperar las tetas en la espalda.
Con ese plan (y muy concentrado en no cagarla) tomé el manubrio con la mano izquierda mientras levantaba la pierna con el máximo impulso que podía, dibujando en el aire un semicírculo perfecto, envidia de cualquier bailarina clásica, por sobre el asiento de la moto, un poco alto a decir verdad… que terminó abruptamente con mi empeine en la oreja de la dama. La muy pelotuda estaba para PEGADA a la moto, ¿podés creer?
Patada giratoria (o mawashi geri) y knockout. Tampoco la puse. Y tampoco me hubiera importado el knockout, venido al caso.
Recién el tercer intento — con otra chica, obvio — fue mucho mas fructífero. Ésta vez logramos sentarnos los dos en la moto.
Pero algo no encajaba: Había tenido suerte esa vez y la dama tenía una glándulas mamarias de tamaño superior a la media… pero yo no las sentía en mi espalda. Claro, ella se cuidaba de que aquello no sucediera.
Inspirado en Top Gun, supuse que tomando un poco de velocidad, las acercaría, simplemente para convertirnos en una masa más aerodinámica, así que aceleré la moto…
Lo siguiente lo recuerdo en cámara lenta:
La moto avanzó al mismo tiempo que vi sus piernas ascender por ambos lados, al costado de mis brazos.
Sentí sus dedos arañarme la espalda tratando de aferrarse a algo, sólo pudiendo agarrar endeblemente mi ropa y soltándola de golpe.
Escuché un golpe seco contra el asfalto. Cráneo, seguro.
Miré por el rabillo del ojo a sus amigas poner cara de susto y a su hermano y amigos venir hacia mí con malas intenciones.
No frené. No me di vuelta. Aceleré. Volví a la casa de mi amigo, le devolví la moto y me fui a mi casa. Busqué ese tesoro y con el cuidado de no tocar las manchas de huevo frito con mayonesa, cebollas, champú, yerba y mocos, me clavé flor de paja.
viernes, 29 de marzo de 2019
Genio
jueves, 22 de noviembre de 2018
La muerte
Contrario a lo que la gente cree, la muerte es sólo el complemento de la vida.
Y cuando digo "complemento" me refiero a exactamente el complemento.
A ver si me explico mejor: La muerte es lo que le falta a la vida. A "tu" vida.
En la vida, todos siguen vivos menos vos. En la muerte, vos sos el único "vivo", por no poder encontrar un término mejor.
No, no es como "Soy Leyenda". No. En la muerte, nada más está vivo. No hay perros, no hay plantas, no hay otras personas.
Y todo sigue así. No hay ciudades, no hay campo, no hay montañas. Sólo estás vos.
Vas entendiendo?
Lo bueno es que en la tierra de los vivos había hambre, dolor, injusticia. Acá no.
Pero es realmente bueno? El hambre servía para diferenciar momentos: Tenías hambre, estabas comiendo, estabas saciado. Momentos.
Acá no hay momentos.
Todo lo que hay es un piso de no se qué material, que no está ni frío ni caliente, que se extiende por doquier.
Hace mucho tiempo dejé de tratar de ver dónde termina. Caminé, caminé, caminé, y el paisaje nunca cambiababa, el suelo nunca cambiaba... nada cambiaba.
Claro, en la vida había cambios, acá no.
Tampoco tengo ropa. Estoy desnudo, y nunca siento ni frío ni calor. No hay sensaciones.
Y es aburrida. Muy. No hay absolutamente nada para hacer.
Tan es así que intenté de todo. Primero de ejercitarme, pero no había cansancio. Debo haber pasado horas haciendo abdominales, sin que nada cambiara en mi cuerpo. Ni sed, ni agotamiento, ni temperatura, ni incremento en la velocidad de los latidos... Ah, esto último porque claro, no hay latidos.
Así que sin posiblidad de cansarme dejé de caminar y empecé a correr. Mismo resultado... llegué a ninguna parte.
"Puedo practicar canto" pensé... pero no tengo voz. O mejor dicho, no hay sonidos.
Tampoco hay luz. Es decir, hay, pero no sé de dónde viene. Puedo ver el piso, y puedo ver una especie de cielo de un color idéntico. Tan igual que no puedo ver el horizonte. No sé dónde se juntan.
También probé dormir, pero no, no hay sueño.
Una vez me senté en el suelo a esperar lo que fuera que ocurriera. Debo haber pasado meses, o años en esa posición. Alternaba con acostarme y pararme, pero no me movía del lugar. Y nunca pasó nada.
Y ayer mismo (no hay días ni noches, así que digo ayer para significar lo que en mi cabeza puede haber sido un día de los vivos) finalmente decidí terminar con aquello. Traté de re-matarme. O matarme de nuevo. Traté de tragarme la lengua sin lograrlo (nunca pensé que fuera tan difícil). Luego traté de clavarme las uñas en los brazos o cuello, pero mis uñas parecen de una goma muy fina. Y por último, traté de saltar lo más alto que pude, para aterrizar de cabeza. Todas las veces que lo intenté, fueron en vano: Cada vez que perdía la vertical ocurría lo impensado: Todo el lugar se alineaba a mi cuerpo y mis pies volvían a estar en la tierra.
Y ya entendí. La muerte es la nada misma. Es el aburrimiento eterno, donde lo único que existen son mis recuerdos de cuando estaba vivo, y que de a poco van también desapareciendo.
lunes, 10 de septiembre de 2018
Yo ingeniero: Mi pasión por las artes marciales
- Por?
- Es una mierda. Nos la pasamos corriendo, saltando, abdominales, flexiones de brazos. Así no voy a ser jamás un ninja.
- Y tu hermana?
- Ella que haga lo que quiera.
- Pero vas a dejar que tu hermana te gane? (sabía qué puntos tocar, el muy culiado)
- Eh… no, pero a ella no le exigen como a mí!
- Pero es mujer! Vas a dejar que te gane?
- (Me cago en todo) No!
- Entonces, volvés la clase que viene, y después decidís.
martes, 27 de febrero de 2018
Cómo dormir a un bebé
- Comience a cantar dulcemente una canción de cuna.
- Levante el chupete que el bebé acaba de escupir, lávelo y colóquelo nuevamente en su boca.
- Prosiga con la canción de cuna y el vaivén.
- Coloque al bebé otra vez en posición horizontal , luego de que se incorporara porque dos moscas copulando en el vidrio de la ventana le parecieran sumamente interesante.
- Levante nuevamente el chupete, lávelo y colóquelo en su boca
- Luego de repetir las 2 canciones de cuna que sabe por décima vez, puede intentar cambiarle la letra. No importa lo incoherente que sean, el bebé no entiende, y de todas maneras va a escuchar interesadísimo lo que sea que salga de su boca.
- Levante nuevamente el chupete, y si no tiene demasiada pelusa y hormigas, no hace falta lavarlo.
- Después de sacar por cuarta vez la mano del bebé de su boca (la de usted), puede reemplazar la canción por sonidos guturales suaves, como "shhh, shhh, shhh". A ésta altura es normal intercalar alguna que otra puteada dedicada al destino, siempre con voz dulce, claro. El bebé deberá empezar a dormirse.
- Atienda la puerta, dígale a los Testigos de Jehová que se pueden ir a la gran puta madre que los parió, desconecte el timbre y vuelva a poner al bebé en posición horizontal.
- Espere pacientemente que el vecino deje de taladrar la medianera, y no, no vaya a comprar nafta para la motosierra.
- Levante nuevamente el chupete y póngalo en la boca del bebé. Y sí, si lo quería atar a algo, lo hubiera pensado antes, ahora ya es tarde.
- Soporte con el mayor disimulo posible el dolor insoportable que le producen las uñitas del bebé debajo de las suyas.
- Siga con el proceso, hasta que note un leve revoleo de ojos en el niño. Esto indica que va por buen camino, pero debe estar atento, porque el bebé tratará de que ocurra cuando usted no esté mirando.
- También debe soportar sin demostrar ninguna emoción el dolor causado por la mano del brazo inferior del bebé, enterrando sus uñitas dentro de su ombligo. Lo bueno es que el bebé le queda poco tiempo de estar estar despierto.
- A ésta altura, el vaivén de todo el cuerpo se habrá convertido en un movimiento lastimoso provocado por levantar los talones alternadamente, tan típico de zombies autistas. No se preocupe, es normal.
- La canción de cuna se habrá trasformado en un tono monocorde de una vocal elegida al azar. También es normal.
- Es entonces cuando debe estar más atento que nunca al revoleo de ojos, pues aquel que es seguido de un parpadeo dos milésimas de segundo más largo de lo normal es el que indica el momento de cambiar la estrategia: Dicho parpadeo es la señal de largada: debe comenzar a sacudir al bebé enérgicamente, como si tuviera convulsiones de parado, al son de una danza de la lluvia frenética remixada con carnavalito tecno del altiplano boliviano. El bebé, con éstas sacudidas violentas cerrará los ojos fuerte fuerte.
- Tenga cuidado con los giros bruscos, pues el bebé es inmune a los mareos pero usted no, y esto combinado con el campo minado de rastis que suele haber en el piso podría ser fatal.
- Luego de aproximadamente 15 minutos de éste aerobic enfermizo, vaya bajando el ritmo gradualmente, y observará que el niño no abre los ojos.
- Una vez que el niño esté inmóvil por 10 minutos, se considera dormido. Puede proceder a dejarlo en la cuna.. que los fabricantes diseñaron como una caja alta con el cochón cerca del piso, y que obliga a arrojar la criatura desde medio metro de altura.
- Si tuvo suerte y no se despertó en la caída, entonces cuenta usted con 5 minutos para ir a hacer pis, bañarse, afeitarse, comer algo, y volver justo a tiempo para atender su llanto, porque el señorito terminó de dormir y claro, ahora tiene hambre.