viernes, 9 de abril de 2021

Improvisar

 Levantó la cabeza de la pantalla y la vio tirada en el sofá, boca abajo, leyendo.

No sé si fue la tenue luz filtrada en las cortinas del salón, o el silencio provocado por la ausencia de los niños que estaban en la escuela, pero recordó lo poco que improvisaba últimamente.

Ese pensamiento dio paso a otros más lujuriosos. Se levantó y se acercó sin mucho sigilo. Ella no lo escuchó con sus auriculares puestos.

Se paró a su lado, un poco por detrás, y pasó su pierna por encima, para caer sentado pesadamente sobre la unión de sus piernas y sus nalgas, pensando en asaltarla a besos en la nuca mientras le hacía sentir el pecho en su espalda.

De repente, apretó las mandíbulas del dolor, que además lo dejó inmovilizado. Una sola frase ocupó todo su pensamiento: "Qué pendejos hijos de puta! Cuántas veces les dije..."

No era la primera vez que pasaba, pero ésta era la peor...

Se deslizó lentamente, como pudo, hacia el suelo. Un hilo de sangre comenzó a deslizarse desde su rodilla hacia su empeine.

Ella se quitó los auriculares. - "Llamá a emergencias", le dijo él, sin poder separar los dientes del todo.



Y aquí estoy, en urgencias, esperando que el médico mire la radiografía. 

Ya me quitaron los dos legos que me clavé en la rodilla y que estaban en el sofá, a pesar de haberles dicho a mis  -ahora desheredados- hijos que no los dejaran en cualquier lado. Y deseando volver a casa para poner todos sus juguetes en venta.


miércoles, 27 de enero de 2021

Yo ingeniero - Día de furia

Voy a contar cómo el estrés te puede llevar a cometer errores.

Corría el año 2006. Época en donde las monedas escaseaban, y yo acababa de conseguir un trabajo en Mataderos viviendo en Olivos. Dos colectivos (buses) me tenía que tomar para ir a trabajar.

Ante la escases de las monedas, el gobierno y el Banco Central habían puesto en localizaciones estratégicas unas máquinas en las cuales se podían cambiar billetes por las mismas.

Una de esos lugares era la terminal del bus en donde me bajaba cerca del trabajo.

Siempre me las había arreglado para conseguir las monedas necesarias por otros medios, porque las filas de personas frente a esas máquinas solía ser interminable.

Pero finalmente tuve que acudir a una.

Por esa época estábamos retocando los últimos detalles de una aplicación que ya estaba retrasada. Muchas horas de trabajo seguidas, mucha presión, mucho tiempo de viaje de ida y vuelta hacia el trabajo, por mudarme a vivir con mi novia y la situación del país... como siempre.

Yo no lo había notado, pero el estrés te ataca gradualmente y te va ganando de a poquito. De repente dormís apretando los dientes. Te levantás contracturado. Estás de mal humor siempre. Todo sin que te des cuenta.

El tema es que fui a la dichosa máquina a cambiar un billete por monedas. En la fila había sólo 2 personas delante de mí. Una suerte.

Mientras hacía la fila me puse a ver cómo operar la máquina.

Lo primero que me llamó la atención es que la máquina en sí no se veía: Estaba cubierta en su totalidad por papelitos pegados, a excepción de las ranuras, pantallas y botones.

Papelitos que pedían por perros, gatos y personas perdidos. Otros ofreciendo sus servicios de pica-pica, plomeros, putas... de todo.

Papelitos con todo tipos de letras y colores, con tamaños variados de entre 2x2 hasta 5x5.

Resalto: TODA la máquina cubierta de ellos.

Me toca el turno, y pongo un billete de $50. La máquina lo engulle... pero no suelta las moneditas.

$50 eran como 10 viajes de casa al trabajo. No estaba dispuesto a perderlos.

Así que comencé a buscar entre los botones uno que me permita recuperar mi billete.

El tiempo corría, y la fila detrás mío crecía.

Y se impacientaba.

Una señora se me acerca y me dice: "Te puedo ayudar?"

Le dije que había puesto $50, pero no me daba las monedas.

Me señaló un papelito de los tantos en la máquina que decía: "Sólo se aceptan billetes de $2, $5 y $10".

Era imposible detectar ese papel en medio de los otros.

Mi presión iba en aumento.

Pregunto a la gente cómo recuperar el billete, y entonces surge el típico argentino: Una señora comenta que para eso "Vas a tener que esperar que venga la gente del Banco Central. Vienen una vez cada dos semanas...."

Otras 3 personas asintieron con la cabeza.

Por qué digo que "típico argentino"? Porque hablaron sin saber, provocando malestar y quejándose sin sentido. Pero lo supe demasiado tarde, y de la peor manera.

Yo en ese momento estaba trabajando con billeteros electrónicos. Sé como funcionan. Para devolver las monedas, el billetero tiene que leer el valor del billete. Si simplemente no puede leer el valor, o no es del valor permitido, el billetero PUEDE devolverlo.

Pero no era el caso. Quien programó la máquina decidió que se quedaría con todos los billetes, y que el usuario se joda.

Una oleada de ira me invadió, y sin pensarlo cerré la mano y le propiné un golpe a la máquina. Era para descargarme, para demostrar mi frustración, pero sabía que no podía dañar a esa máquina hecha de chapa.

Pero me equivoqué. Detrás de todos esos papelitos, en el frente de la máquina, había un vidrio.

Saltó en pedazos.

Entonces sí (no antes) aparecieron las personas que trabajan en la terminal del bus.

A ayudar? Ni pensarlo.

A decirme que estaba loco, que qué me pasaba, que cómo iba a reaccionar así... incluso decírmelo de malos modales.

Se acercaron dos personas más: Un policía que suele estar siempre en esos lugares, y un señor que fue por detrás de la máquina, la abrió y SACÓ MI BILLETE!

Así, rodeado de gente, miré a la gente de la cola con ganas de matarlos, por hijos de puta bocasueltas.

Me devolvió mi billete, y ante la presión de la gente el policía me dijo "te tengo que llevar, por vandalismo".

Cuando el policía se me acercó, le dije en voz alta y clara "Te pago el vidrio".

Inmediatamente los trabajadores de la terminal cambiaron su postura: "Si, lo tenés que pagar", fue el comentario general.

Les pregunté cuánto valía el vidrio. $400 me dijeron. Yo no tenía esa cantidad de dinero encima.

Así que llamé a un compañero de trabajo, le dije dónde estaba y que viniera con esa cantidad, luego yo se la devolvía.

Mientras mi compañero venía, el policía me tomó los datos... sin pedirme documentación. Obviamente le dí nombre y direcciones falsos.

Llegó mi compañero, les dí el dinero, y cuando me iba le dije al policía, pero en voz alta para que escuchen todos: "Que por lo menos te inviten un vaso de vino, no?"

Así fue como una "sesión" de $400 me hizo darme cuenta de lo acelerado que estaba. A punto de explotar. Y fue entonces donde decidí que no iba a llegar nunca más a ese punto. Considero que me salió barato aprender.

 

lunes, 18 de enero de 2021

Vencimos al COVID-19

 Y finalmente, un día vencimos al COVID19. Una década después de que apareciera.

Primero se intentó que la población fuera responsable, que se comportara como una sociedad y se dejaran de lado los egoísmos. Ilusos!

Luego salieron las vacunas. Y los antivacunas. Lo que la ciencia iba haciendo los estúpidos iban deshaciendo. Y en los tiempos de hiperconectividad, los estúpidos se multiplicaron por millones.

Por suerte los estúpidos, por más que fueren, no fueron suficiente para detener las vacunas, así que tomaron la posta los políticos y sus consabidas artimañas. En algunos países, para una vacuna de dos dosis ellos decidieron que una dosis era suficiente, y con la misma cantidad vacunaban al doble de personas.

Por suerte se supo y la presión popular los hizo volver atrás.

Pero era sólo el comienzo.

Un camión con la refrigeración adecuada era necesario para transportar la vacuna, pero también era caro. Comenzaron con unas cuantas decenas de camiones sin refrigerar. 

En flotas de miles, nadie se dio cuenta a tiempo, y de esos pobres infelices a los que el azar les proveía una vacuna inservible, una fracción murieron. Los choferes no tuvieron cargo de conciencia al cobrar para mantener la boca cerrada.

Luego los sistemas de almacenaje, unos cuantos sin refrigeración representaron unos dólares más al bolsillo de los inescrupulosos. Otros miles de muertos en el mundo. Los dueños de los almacenes tampoco tuvieron cargo de conciencia. 

Finalmente la codicia llegó a los laboratorios. Directamente empezaron a fabricar vacunas placebo, por la mitad del costo. Murieron unos pocos millones. Los científicos también durmieron sin problema con los bolsillos llenos.

Pasaron años sucediendo éstas y otras maniobras, muriendo algunos, cobrando otros. Hasta que finalmente hoy, 20 de Enero del 2030, el número de contagiados menos el número de muertos alcanzó (mas o menos, porque los números tampoco son confiables, por razones obvias) al número de vivos.

Todos los que estamos vivos ya tuvimos el virus, y los que nacen ya tienen los anticuerpos. El resto murió.

Finalmente vencimos al virus. 

Pero todos los que perdimos a alguien (y los que no) esperamos con ansias las vacunas para la estupidez, la codicia, el egoísmo y la corrupción.

jueves, 23 de julio de 2020

Yo Ingeniero - Mi corta expedición al exterior

Corría el año 2003. Yo tenía frescos 20 años y por mi cuerpo corría energía pura y no me dolía absolutamente nada.
Me encontraba con mi mejor amigo, Arístides, en la plaza del pueblo. Ambos a finales de Enero, de vacaciones sin absolutamente ninguna responsabilidad. Estábamos hablando de nuestra aventura anterior (y único antecedente para lo que vendría después): habíamos intentado llegar desde El Carmen a Salta, por camino de cornisa. Eran unos 70 kilómetros, que no habíamos completado.
Quizás porque habíamos hecho más de la mitad, que era todo de subida, pensamos que podríamos; o quizás ni siquiera pensamos eso y nos mandamos por el simple hecho de ver qué pasaba. Como sea, se nos ocurrió que podríamos ir en bicicleta desde donde estábamos hasta Lima. Si, en Perú. Unos 2500 km.

Rápidamente comentó que él y su hermano habían comprado un par de bicis de última generación. Yo esperaba que me dijera que tenían aire acondicionado y venían con pensión completa, pero no. Simplemente eran muy livianas, con cambios, y se desarmaban y armaban en dos minutos con una llave especial que traían.

Buscamos unos pesos que teníamos, armamos un bolso con ropa que llevaríamos a modo de mochila, y partimos pedaleando.
Ya en al llegar a la capital de Jujuy, San Salvador de, yo estaba harto de pedalear. Mi espíritu aventurero no tenía la temple de la de él. Ni las mismas piernas, al parecer.

Luego de una acalorada discusión, y ante la amenaza de volverme, lo convencí de que hiciéramos tramos en autobus y tramos en bicicleta. Aceptó de mala gana, y quizás por eso no se dió cuenta de que era yo quién estaba yendo a comprar los pasajes.
Y saqué hasta los más lejos que nos permitieron los DNIs. Hasta Chacalluta, Bolivia. A unos pocos kilómetros de la frontera con Perú.

En ese momento no había google maps, ni gps, ni nada, así que él estaría subido en  el bus, sin saber en donde nos bajaríamos.

Desarmamos las bicicletas y nos subimos. El nombre de destino del bus no decía mucho porque era una localidad de Bolivia que no recuerdo en donde tendríamos que hacer trasbordo para entonces sí, llegar destino.

Viajamos lo que restaba del día, y a las 2 de la mañana llegamos a ese lugar sin nombre. Arístides, esperanzado, comenzó a armar su bicicleta luego de que la sacáramos de la bodega del autobús, pero le dije que se detuviera, que ahora nos subíamos a otro.
Entonces se enojó.
El otro bus venía con retraso. Íbamos a estar ahí dos horas. Las dos horas Arístides no dejó de proferirme insultos, que a veces interrumpía con amagues de armar su bici, o de revolearme un puñetazo.

Llegó el otro autobus, subimos (en asientos lo más separados que pudimos) y nos dormimos.

Nos despertamos con el sol ya en alto y llegando a Chacalluta. Sin decir una palabra, mi amigo armó su bici y comenzó a pedalear hacia Perú, pero tuvo que volver cuando vio que yo estaba comprando un sandwich para desayunar.
Luego de desayunar y más decidido comenzó a pedalear de nuevo, pero otra vez tuvo que volver a ayudarme a armar mi bici, porque yo no tenía idea de cómo desdoblar esos fierros, y si la rompía su hermano lo iba a matar.

Pedaleamos cerca de 10 kilómetros, y llegamos al puesto fronterizo, pero cuando quisimos pasar hacia el otro lado de la frontera una palabra bastó para detenernos: "Pasaporte".

En esa época con sólo el DNI podías viajar desde Argentina, a Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia y Chile. Es decir a países limítrofes. Pero para ir más allá, necesitábamos pasaportes. Ninguno de nosotros tenía uno.

Decidimos ingresar de todas maneras, aunque fuera por las malas. Pero primero le rogamos a los gendarmes que nos dejara pasar. Nos pidieron dinero, que no teníamos. Nos pidieron comida, que tampoco teníamos. Dejamos de insistir cuando nos dijeron que dejáramos una de las bicicletas, que nos la devolverían cuando regresáramos. Por alguna razón que no puedo explicar, no les creímos.

Y decidimos sentarnos a pensar en alejarnos del lugar, bordear la frontera y escalar las pocas montañas que nos separaban de Perú. Estábamos en eso, cuando vimos llegar desde el otro lado de la frontera, a dos montañas de tierra en dos ruedas.
Entiéndaseme la expresión. Eran dos personas en bicicletas, pero traían tanta tierra encima que era imposible distinguir que eran eso: dos personas.

Venían con cascos, gafas, pañuelos, ropa marrón, unas mochilas enormes en la espalda, montados en bicicletas, y todo eso tapado con tierra.

Al llegar a donde estábamos sentados y vernos a nosotros y a nuestras bicis impecables, se bajaron de las suyas.

Caminaron hacia donde estábamos nosotros, se quitaron el casco, y dos melenas rubias de desenrollaron hacia abajo.
Luego se quitaron las gafas, y aparecieron cuatros ojos (dos por persona, aclaro para los distraídos) de un celeste profundo.
Luego se quitaron los pañuelos de los rostros, y traían máscaras!
Y luego se quitaron las máscaras y aparecieron dos bocas de dientes perfectamente alineados. Esos rostros eran de las dos  mujeres más hermosas que hubiéramos visto nunca.

Sacaron un mapa plastificado y perfectamente doblado, y nos señalaron un punto: Humahuaca, Jujuy. No entendimos mucho, así que sólo levantamos el dedo pulgar en modo de aceptación. Doblaron y guardaron nuevamente el mapa.
Trataron de hablarnos en un español ininteligible a lo que yo les pregunté si hablaban inglés, con mi inglés con poca práctica hasta el momento. Me dijeron que sí, y preguntaron algo que podría haber sido cualquier cosa, pero que yo entendí como "A dónde se dirigen".

Yo, con mi habitual inocencia que justificaba plenamente mi estupidez, casi contesto señalando a la frontera, que queríamos ir a Lima. Pero Arístides, rápido de reflejos, me tomó del cuello antes de que yo hablara, un poco para evitar que lo hiciera pero otro poco (o mucho) porque todavía estaba enojado por el engaño y dijo alegremente "Jujuy".

Por un momento me despistó! No era que íbamos a Lima? No estábamos hablando de cómo colarnos sin pasaportes? Pero luego de esos mili-segundos entendí: Íbamos a volvernos con ellas.

Hablamos un ratos más, apenas entendiéndonos, y comprendimos que ellas eran Suecas (o de por esos lados), que eran 5 amigas, que venían haciendo la travesía en bici desde Cuba, desde hacía un mes mas o menos, y que 3 de ellas se habían quedado en Colombia, porque habían conocido unos chicos, y que se iban a reunir todas en Humahuaca.

No recuerdo qué más habremos dicho, pero sí recuerdo que se rieron muchísimo. Y comenzamos la pedaleada rumbo a Jujuy.
Íbamos llegando a Chacalluta, cuando pensé que me iba a tener que comer nosecuántos días pedaleando! Así que me las ingenié para "caerme" a un costado de la ruta, golpeando con una piedra la junta por la cual se doblaba la bici, rompiéndose de tal manera que era imposible seguir andando. Creo que Arístides entendió mi jugada, porque de no haber estado con esas chicas me hubiera despellejado vivo.

Luego de mentirles los incontables peligros a los que nos habíamos enfrentado transitando las rutas bolivianas en bicicleta, y de explicarles que el paisaje no era tan lindo después de todo, y que además podía estar lleno de bolivianos, las convencimos de cruzar el país en autobús.

Ésta vez tomamos el bus enseguida y las chicas se durmieron inmediatamente luego de sentarse. Con Arístides, nos fuimos a la parte trasera del bus a tramar la repartija. El problema era decidir quién se quedaba con cuál! Cosa extraña, porque en general discutíamos por quién se quedaba con la linda, sabiendo que el otro tenía que comerse a la dama de compañía como buen escudero. Pero ésta vez las dos eran hermosas, y la discusión era porque queríamos que el otro eligiera primero, así, en caso de fracaso, poder culparlo en el futuro.

Eventualmente también nos dormimos.

El autobús paró en otro pueblo distinto del primero, en donde nos dijeron que podíamos hacer el trasbordo. Bajamos, compramos empanadas, y éste vez sí, comimos como desaforados. Sorprendentemente las chicas también.
Ah, y bebimos vino. De calidad horrible, pero a ellas les gustaba.
Confiados en el que el vino facilitaría el trabajo, ésta vez subimos al autobús y las sentamos separadas, haciendo cada uno de escolta, pero la estrategia no surtió efecto porque también ésta vez rápidamente se durmieron.
Con Arístides nos fuimos otra vez al fondo, ésta vez a fantasear con qué cosas haríamos con ellas cuando llegáramos a Jujuy.

Llegamos. Ellas miraron otro mapa, y decididas nos guiaron hacia un camping municipal. Yo les dije que me ausentaba por razones personales y me fui al baño a defecar (dos días hacía que no hacía). Cuando volví, dos tiendas del tamaño de un monoambiente estaban perfectamente armadas. Pude ver a Arístides tirado en el césped y entendí que no había ayudado ni a clavar un estaca. Todo lo habían hecho ellas. Cuando me fui acercando, sacaron de las mochilas unos paquetitos diminutos y dijeron "Wir teikina shauer" que entendí como que se iban a pegar una ducha.

No sé cuánto tiempo transcurrió. Arístides y yo recorrimos las carpas habitadas por varones, mendigando preservativos, pero no conseguimos.

Entonces las chicas salieron. Con las cabelleras mojadas y envueltas en unas toallitas que apenas les cubrían las partes. Altas, pálidas, con las piernas larguísimas al aire, y sonriendo ampliamente. Yo me congelé. Se acercó una de ellas, me tomó de la mano, y me introdujo con ella a la carpa. De un bolsillo de la mochila sacó una caja de 12 preservativos. Viva la libertad europea carajo!

Salimos ya de noche, a buscar comida y nos sentamos en un fogón donde un grupo de chicas y chicos cantaban unas canciones de folklore, mientras uno tocaba la guitarra. Ahí encontramos a Arístides y a la amiga. Comimos, tomamos, nos seguimos riendo, y nos metimos a las tiendas de nuevo.

Pasamos 4 días con las chicas. 2 días cada pareja en su tienda, los otros 2 a veces los 4 en una. Arístides no sólo había robado la bicicleta de su hermano, sino también, muy acertadamente, su cámara fotográfica, así que hicimos registros de sobra de esos días. Al quinto día llegaron sus 3 amigas, comentando la belleza de las lagunas del Sol y de la Luna, en Bolivia.
Decidieron volver a Bolivia. Nosotros ya nos las íbamos a acompañar.
Las despedimos, y fuimos hasta una bicicletería, a que nos hicieran un arreglo casero en la junta de mi bici, para así volver pedaleando hasta El Carmen.

Estábamos en eso, cuando decidimos llenar las cantimploras en una vertiente al costado del camino, con tan mala suerte, que la cámara que viajaba en el bolsillo externo mal cerrado en la espalda de mi amigo, se le cayó al asfalto, abriéndose el compartimiento del rollo y velando toda prueba de nuestra aventura.

Ésta vez fui yo el que no habló en todo el viaje de regreso, muy enojado por tener un amigo tan pelotudo que no cerrara bien el bolsillo de la cámara.

Por supuesto, contamos la historia a todo aquel al que pudimos, pero sin las pruebas, estoy seguro que nunca nos creyó nadie.

martes, 2 de junio de 2020

Yo Ingeniero - Mi paso por una empresa mixta

    Corría el año 2006. Yo ya había pasado por un par de consultoras y una compañía internacional. Estaba dando mis primeros pasos como Arquitecto de Software, y me fui de una empresa que me pagaba en negro a una empresa mixta. Una papelera para ser más exacto. En ese momento yo no sabía, pero esa papelera era el centro de una controversia. Paso a explicar: En el país hay un solo periódico de tirada nacional importante. Y otro menos importante. Uno pensaría que son competencia, pero al ingresar ahí me dí cuenta que son socios. Y además socios del Estado. Basta con que esté el estado para que sea controversial, ¿no?
    El tema es que entré a trabajar ahí, sin saber dónde me metía (producto de vivir desinformado, claro).

    El lugar de trabajo era en un edificio viejo, donde habían algunas oficinas para los gerentes y un espacio abierto para los de sistemas. Un rejunte de escritorios, sillas, ficheros viejos y la gente mayor de 60 años, que parecía haber estado desde siempre ahí, completaban el mobiliario. Sólo el Arquitecto de Software, una pasante y yo éramos los jóvenes del lugar.

   Apenas empezado, yo esperaba que alguien me diera una introducción  a la jerarquía de la empresa, dónde estaba parado en el organigrama, cuál era el negocio de la misma (a grandes rasgos), y cosas que uno consideraría como de costumbre al empezar un nuevo trabajo. De todo aquello, lo único que ocurrió es que vino un hombre bastante entrado en años a decirme que él era el gerente del lugar. Y no lo vi de nuevo por las siguientes dos semanas.

    El segundo día, me senté en mi escritorio, prendía la computadora, y dí vuelta mi silla dándole la espalda al monitor, esperando que alguien viniera a decirme qué hacer. Pasaron los otros empleados a presentarse, muy amables todos, con su vasito de café en la mano, pero nada más ocurrió esa mañana. Por la tarde, vino el Arquitecto, y oh sorpresa! Tenía un volumen extremadamente bajo en la voz. En un espacio abierto, yo operado de un oído, me era imposible escucharlo. Le dije que por favor me gritara, que yo era sordo, y luego de reiterados intentos le entendí que tenía problemas en las cuerdas vocales y no podía hablar más fuerte. Yo sordo, él mudo. Bien empezábamos.

    Intentó explicarme en qué estaba trabajando, una especie de librería de controles (que se usaban mucho en esa época). Le dije que yo ya tenía una hecha, pero no, él quería hacer la suya (otra cosa que también se usaba mucho en esa época). Me dijo que cuando la terminara, íbamos a poder usarla... y se fue.

    No me dijo qué hacer, ni cuándo la iba a terminar, ni qué esperaba de mí, ni nada. Aunque quizás sí me lo dijo pero no lo oí.

    Los siguientes días de la semana se hicieron eternos. Me la pasaba alternado entre el juego del solitario (que ya le ganaba todas las veces) y el buscaminas (al que perdía pocas veces).

    La semana siguiente empecé más esperanzado, pero al segundo día me dí cuenta que la cosa no iba a cambiar.
    Quizás era yo que parecía ocupado, con tanta concentración que requerían esos juegos, así que bajé uno de naves, muy al estilo arcade, y lo más importante, que hiciera mucho ruido.
Sólo me pidieron que bajara el volumen.
Entonces acomodé el monitor como para que se viera que yo estaba reventando OVNIS a más no poder, esperando que me dieran algo para hacer.
No ocurrió. Y pasó la segunda semana.

   En la tercera semana, ya llevaba bajado unos 15 juegos, proponiéndome a disfrutar de las inesperadas  vacaciones pagas, cuando el gerente se acercó a mi escritorio. Entusiasmado lo mostré mi nuevo récord en el pacman, pero el hombre ni se inmutó. Venía a decirme que teníamos que relevar el circuito de un documento (y espero, lector, que sepa perdonarme, pero no recuerdo qué documento era, aunque de ahí puede deducir que muy importante no sería).
Me asignó como compañera y guía a la chica joven del lugar (a quién llamaré María, no por salvaguardar su identidad, sino de nuevo, por la fragilidad de mi memoria), y salimos raudos por las oficinas a perseguir el origen del papel.

María todavía estaba estudiando y llevaba dos meses en la empresa. Dos meses en los que no había hecho nada. Estaba entusiasmada por usar todo lo que estaba aprendiendo en la universidad, así que le puso mucha voluntad al trabajo. Era cuestión de preguntar quién generaba el papel, quienes los rellenaban, quienes los aprobaban, quiénes lo sellaban y quiénes lo guardaban. Ella tomaba nota de absolutamente todo, y de vuelta en la oficina se ponía a armar diagramas de flujo.

El trabajo se podía haber hecho en un día, pero eran tantas las oficinas a las que había que ir, tanta gente con la que hablar hasta dar con el indicado, que se perdía mucho tiempo. Mi primer encuentro con la burocracia. Nos tomó una semana.

En la semana siguiente, teníamos que preparar el informe. Yo sólo quería poner dos líneas:
1) Roberto no agrega ningún valor al proceso, sólo guarda el papel en un cajón, para al otro día (o a los dos), dárselo a la siguiente persona. Ni lo mira.
2) Claudia sella dos hojas por día, y claro, dice que se le acumula el trabajo.

María incluyó los diagramas que hizo, un anexo con notas, y no sé qué mas, y presentamos el informe un Lunes al mediodía.
Martes por la mañana, el gerente vino a pedirnos que modifiquemos el informe, porque Roberto era hijo de un político y Claudia era sobrina de otro.
Cuando el gerente se hubo marchado -o quizás antes-, yo ya estaba buscando un nuevo trabajo.
Martes por la tarde vino el arquitecto a mi escritorio, a mostrarme lo que estaba haciendo. No pude escucharle una palabra. Pero atendí las llamadas de dos empresas interesadas en mi perfil.
Miércoles me levanté y en vez de ir al trabajo fui al correo a enviar mi telegrama de renuncia.

La historia podría quedar ahí, si no fuera por una anécdota más. Cuando fui a retirar el cheque de la liquidación final, me encontré con María en un pasillo. Me comentó que mi renuncia había provocado una revolución en la empresa, porque NUNCA NADIE había renunciado de ese lugar.
¿Y es entendible! Eso era un paraíso para cualquiera. Un paraíso de vacaciones pagas, con aire acondicionado y café gratis. ¿A quien no le gusta eso?
Todos se preguntaban si yo era de una repartición escondida, que había ido a hacer una especie de auditoria secreta y ahora iba a expulsarlos del edén.
Me hicieron esperar para hablar con el gerente. Le expliqué que yo era simplemente un idealista que quería cambiar el mundo y todavía no tenía ganas de vegetar. No sé si me creyó, yo ya estaba preparándome para mi siguiente entrevista de trabajo.

viernes, 4 de octubre de 2019

Yo ingeniero - Mi accidentada relación con el sexo opuesto

Como les conté anteriormente, la moto era una arma de seducción poderosa, y a veces resultaba.
Una de esas veces ocurrió en un boliche, al que no sé por qué acudía gente de toda la provincia.
Obviamente, todos los locales estábamos ahí, pavoneándonos (en el sentido mas pavo) delante de bellezas exóticas lejanas, que vaya uno a saber por qué venían.
Entre esos locales estábamos mi amigo, su flamante moto, y yo.
Ocurre que por una casualidad de la vida le caí simpático a una chica y la invité a dar una vuelta en moto.
Les pongo en contexto: Yo vengo de una ciudad rodeada de montañas y diques (también llamadas represas. Los diques, no las montañas). Son paisajes muy lindos de ver para los foráneos, incluso de noche.
Paisajes hasta románticos les diría, si supiera qué es eso.
El tema es que la señorita acepta y de pasada, de manera furtiva y fugaz, ocurre el diálogo con mi amigo.
- Enano, prestáme la moto que enganché algo.
- Tomá, pero no me vas a dejar a pata, no?
(el boliche estaba a unos dos kilómetros del pueblo, que no parece tanto, pero cuando el pueblo tiene 3 kilómetros de largo sí que lo es)
- Nah, tranca.

Y salimos con la señorita a dar una vueltita.
¿Vieron que los helicópteros tienen una barra vertical fuera de la cabina llamada "cortacables"? Bueno, la adhesión de las glándulas mamarias de la señorita a mi espalda consiguió que tuviéramos nuestra propia barra "cortacables" en la moto.

La moche era mas bien fría (todas las noches lo son en Jujuy), pero de todas maneras la llevé a un dique, a que vea el reflejo de la luna sobre el espejo de agua y así quizás se quitara la bombacha más fácilmente.

Llegamos al lago, bajé la moto a la playa, y me acerqué romántica-mente por detrás de ella, con la intención de abrazarla, cuando...
- ¿Me enseñás a manejar la moto?

A mí me sonó más a "¿Me apoyás la pija en la espalda, bien apoyada, cosa que me caliente un poco, y después vamos a esos yuyos y me das hasta que Doña Florinda se quede sin café?"
¿Quién se podía negar a tamaño pedido?

Comencé a explicarle lo básico: Mirá,  la "primera" es para abajo... los demás cambios hacia arriba... éste es el embrage, éste es el frePARAAAAA LOCAAAAA"
La piba aceleró la moto con dirección al agua, dejándome a mí en el suelo. No me hubiera alarmado, si no fuera por su chillido agudo que me dejaba entrever que no sabía ni parar ni doblar.
Me vi corriendo por la playa, desesperado, detrás de la moto, gritándole que frenara... hasta que por fin frenó..., producto del barro y el agua. Física pura.
Llegué hasta ella cuando estaba saliendo, al mejor estilo de "la llamada", pero con algas. Me metí al agua sin pensarlo y comencé a arrastrar la moto por el barro.
Es difícil de explicar, pero una moto enterrada en el barro multiplica su peso de manera exponencial. No tuve mas remedio que pedirle amablemente: "AYUDAME HIJA DE PUTA!"
La piba vino, y entre los dos a duras penas sacamos la moto del agua.
Por supuesto, no arrancaba.
La saqué de la playa y comenzamos a caminar por la ruta. Eran 6 kilómetros hasta el pueblo y 2 más hasta el boliche.
¿Comenté que la noche estaba fresca? Bueno, mojados, a las 4 de la mañana caminando por la ruta, se sentía como Siberia.
Por pura casualidad, un amigo, Claudio, hijo del sereno del dique, que vivía ahí, venía de pescar en su ciclomotor y nos vio.
Nos hizo ir hasta su casa, en donde sacó la bujía de la moto con una llave, la secó, secó un poco los alrededores, e hizo arrancar la moto.
Si caminando nos hacía frío, en moto parecíamos la escena de Tonto y Retonto.
Pero lo que más me preocupaba era la moto. Era nueva, el amor de mi amigo, y se la iba a devolver en estado calamitoso.
Así fue que, guiado por la culpa, entrando al pueblo, decidí desviar la ruta hacia mi casa.
Fue el único momento en donde la piba habló "¿A dónde vas?" dijo, alarmada.
Y es entendible. Estaba con un extraño, que estaba enojado, mojado y aterido de frío. Tranquilamente podría llevarla a un descampado y decapitarla.
Y ganas no me faltaban.
Pero no. Le expliqué que iba a tratar de limpiar la moto antes de que el barro se pegara. Mas.
Llegando a casa, apagué la moto 20 metros antes, para no despertar a nadie, y la empujé desde el jardín hacia el patio, por el pasillo que conecta a ambos.
Dejé la moto en el medio del patio, lejos de la casa, fui hasta el lavadero, conecté la manguera y entonces sentí de nuevo el frío. Todavía seguía con la ropa mojada!
Tomé un fuentón, puse un poco de agua con la manguera, me saqué la ropa y la dejé ahí en remojo.
Cuando salí del lavadero, llevando la otra punta de la manguera, la vi. La chica estaba abrazándose a sí misma del frío que tenía.
Me acerqué a ella y le dije "Entrá al lavadero..." y sus ojos se desorbitaron.
En mi afán por hacer todo en silencio y lo más rápido posible, no me había dado cuenta que yo estaba en ropa interior.
Intenté tranquilizarla. Le dije "Sacáte la ropa...". Sus ojos parecieron estallar.
Le aclaré que era para enjuagarla y ponerla en el secarropas. En el lavadero había toallones que podía usar mientras tanto.
Fue, y volvió envuelta en un toallón a mirar como yo manguereaba la moto.
Estaba por amanecer, lo que significaba que el boliche estaba por cerrar, y yo estaba tan absorto que nunca me dí cuenta cuando se encendió la luz de la galería entre el patio y la casa. Pero ella sí.
La miré, y ví cómo su rostro se iba desfigurando, con la mirada clavada en la galería. Y fue por ese cambio en su cara y siguiendo la dirección de su mirada que descubrí la silueta de mi santa madre recortada en la puerta del patio.
Fué sólo un instante El tiempo suficiente para ver a una extraña con el cabello embarrado usando su toallón, parada al lado de una moto en el medio de su patio, a su hijo en slip con una manguera en la mano, y como música de fondo el arrullo del secarropas.
Frunció los labios, me tiró una docena de motosierras con la mirada y volvió a entrar a la casa, cerrando la puerta y apagando la luz (podía haberla dejado encendida, la verdad).
Yo no tomé conciencia en el momento. Terminé de lavar (mas o menos la moto), saqué la ropa del secarropas, nos vestimos y fuimos al boliche.
Cuando llegamos, mi amigo estaba sentado en la vereda, con las amigas de mi aventurera. El boliche había cerrado hacía una hora.
Una hora me estuvo dedicando puteadas, que no mermaron su intensidad cuando vio el estado de su moto.
Y puteadas a las que ahora se sumaron las de las amigas, que habían estado asustadas sin saber a dónde había llevado o qué había hecho con su amiga.
Si. Volví caminando a casa. Y sí, los 2 kilómetros.
Cuando entré, ya era de día. Mi vieja estaba tomando unos mates en el comedor. Me senté e inocentemente le pedí uno.
Me lo dió. Vacío. Se levantó de la mesa y volvió a su cuarto. Entonces comprendí que podía estar ofendida.
Me fui a dormir.
Cuando me desperté, estábamos por almorzar. Comencé a tratar de explicarle la situación. Nunca me dejó.
Le expliqué la situación a mi viejo, con la idea de que me ayudara con ella.
Recuerdo sus palabras textualmente: "Yo te ayudaría... pero tampoco te creo."
Así fue como mi vieja estuvo sin hablarme y evitándome por casi un mes. Mi amigo sin prestarme la moto, por mucho mas tiempo. Y por supuesto, tampoco la puse, como ya era costumbre en mí.









sábado, 22 de junio de 2019

Odio a los millenias

Soy un pre-millennial y odio a los millennials. Lo hago por muchos motivos, pero empecemos por uno. El odio por envidia.
Los envidio mucho y por eso los odio mucho.

Escucho gente decir “pobre millennials, mirá cómo está el mundo que les tocó vivir”.
Y yo me pregunto… ¿qué mundo? Éstos tipos con suerte no tienen ni que tirar una cadena después de cagar: ¡Aprietan un botón! Y en alguno países ni eso… se levantan, se limpian el culo (sí, todavía lo tienen que hacer a mano, “pobres”), y se van, y el inodoro solito tira el agua.
Y eso es lo menos automático que tienen. Mi vieja me hacía pasar el “mechudo” (una especie de mopa, mojada en kerosenne) por el suelo de ladrillo ¡TODOS LOS PUTOS DÍAS! Odiaba esa mopa, ese piso, los ladrillos, todo. Pero los millennials no, ellos tienen aspiradoras robot.
Y así con todo. Heladeras que con grifos de agua fría, aries acondicionados, piscinas desinfectadas, abrigos de polar… ¿Sabés cómo picaba en el cuello la polera de lana gruesa que te tejía tu vieja? Nada que ver con el polar suavecito de ahora… Por suerte para emparejar la cosa hay algunos alérgicos al polar. QUE SE CAGUEN.

Cuando esgrimo todos éstos argumentos, esa misma gente me dice “sí, pero yo me refería al medio ambiente… los plásticos en los mares…”
¡Qué me vienen a hablar de los plásticos que tardan cientos de años en desintegrarse! ¡Por favor! Sí, es una cagada, pero seguro que alguno de nosotros, los pre-millennials, ya están trabajando en una manera de resolver ese problema. Porque no esperen que los millennials resuelvan algo, ¿eh? Son unos inútiles que tienen todo servido. Pero no es ese el punto. El problema de los plásticos va a suceder en un futuro a mediano plazo. No se puede comparar con predicciones catastróficas que vivimos nosotros ¿O no se acuerdan del famoso Agujero de Ozono? Siiii, ese agujero por el que se estaba yendo el oxígeno y si no se cerraba nos quedábamos sin aire y sin atmósfera, muriéndonos todos asfixiados o rostizados. Andábamos todos con olor a chivo porque los desodorantes agrandaban el agujero. ¡Ese era un verdadero problema¡. ¡Inmediato! ¡Urgente!

Pero hay otro motivo por el que los odio mucho más, y es mucho más banal. Los odio porque tienen porno gratis.

Hoy ellos agarran internet, escriben “culo teta concha” y listo. A cascarse. Instantáneo.
Y si les cortan la luz? Salen a la calle, pasan por cualquier revistería, miran, retienen, van rápido rápido a sus casas, entran al baño, y a cascarse.

¡Para nosotros era mucho, pero MUCHO más difícil!
Primero, no teníamos internet. Segundo, las revistas estaban en exhibición, si, pero con un plástico negro que sólo dejaba ver, a veces, los pelos -de la cabeza, eh!- de la chica de tapa.
¿Cómo lo solucionábamos? Un adulto tenía que comprar una revista por nosotros, ¡pero estaba muy mal visto comprarlas! Yo tuve suerte en ese sentido porque en mi grupo de amigos había uno con el padre viudo. Me atrevo a decir casi con seguridad que en casa de todo viudo había revistas pornográficas.
Era cuestión de saliera de su casa un momento para que empezáramos a buscar la revista del mes.
No, no. No había muchas porque el viejo, cuando compraba una nueva, TIRABA la anterior. Claro, porque él la podía ver cuando quisiera y seguramente la había gastado a miradas. Si habremos pasado horas rebuscando en la basura… porque hasta eso era difícil. No se separaba papel, plástico, orgánico… no no. Todo era un menjunje viscoso y asqueroso. Jamás estaban en buen estado. La que mejor estaba tenía manchas de huevo frito con mayonesa, cebollas, shampú, yerba y mocos entre las hojas.

Pero bueno, ¡teníamos la del mes! La primera vez que la veíamos era como descubrir un tesoro. Todo un ritual. Con lo poco que tardábamos en eyacular, podría habernos durado tranquilamente un año. Pero no. La primera vez era con armas enfundadas. Se pasaban las páginas leeeeeentameeeeeente. La idea era fijar las imágenes, para usarlas luego cuando la revista no estuviera disponible.
Terminada de hojear la revista, entonces sí, se hacía el sorteo para determinar el orden de uso. Era muy importante, porque si te tocaba entre los últimos porque podía no darte tiempo si el dueño de la revista llegaba antes a casa. Aunque si ocurría ésto, el que estaba en el baño la pasaba peor, porque, en pos de dejar la revista exactamente donde estaba lo más rápido posible, era abruptamente interrumpido en medio de la faena.

Una tristeza todo.

Pero aunque los odio mucho por eso, el principal motivo de mi odio es porque tienen Tinder.
Ustedes no saben lo difícil que era ponerla en mi tiempo.

Si uno conocía una chica, había que pasar una serie de pruebas antes de concretar. Había que, primero, obtener el número de teléfono.
Parece una estupidez, pero era dificilísimo, porque la señorita, por más que estuviera muerta con nosotros, sabía que dárnoslo era un gran paso. Era el comienzo del ritual de seducción, que estaba muy muy muy lejos del ritual de apareamiento, pero había que pasar por él.

Una vez conseguido el teléfono, había que llamarla. El teléfono era fijo. Y fijo que atendía su padre.

- Hola?
- Si, hola… ¿está Mariela? (con el tono más amable e inofensivo que uno podía improvisar)
- ¿Quién habla? (con tono mezcla de autoridad y amenaza)
- Cerebrado… (en esa época no se usaba la arroba adelante)
- ¿Qué Cerebrado?
- Un amigo…
- ¿Y de dónde la conocés?
Aquí había que inventar rápido, porque no se usaba planificar — Del club…
- ¿Qué club?
- El del barrio — Aunque no tuviéramos ni idea dónde vivía.
- !Mariela! Te llama un tal Cerebrado, tiene voz de medio boludo, ¿lo conocés?
Y ahí rogábamos que la piba se acuerde de nosotros.

Luego de eso, eran horas interminables al teléfono. Nuestros padres nos cagaban a pedos porque se pagaba por minuto la llamada. Igual podías zafar hasta que Telecom implementó la factura detallada de cuántos minutos se hablaban y a qué número. Botonazo.

Y finalmente llegaba el día.
¿De ponerla? Nooooo, ¡todavía estaba lejos eso! De ir a su casa a que te conozca la familia.
Ahí sí, te bañabas, te ponías la mejor ropa que tenías, y hasta te ponías desodorante. Que se cague el agujero de ozono.

Llegabas a la hora del almuerzo, y el padre, para joderte, te trataba mal. Las primeras horitas nomás. Después había que llevar al hermanito a divertirse. Si tenías plata lo metías de cabeza a los arcades, también conocidos como fichines. Si no, estabas cagado. A la plaza, a los rayos del sol, a jugar a la mancha, al escondite, o a lo que puta se le ocurriera el pibe.
Volvías a la hora de tomar el té, transpirado como si hubieras estado en Kosovo. Y ahora a hablar con la madre. A contestar qué estudiabas, qué hacían tus padres, qué pensabas hacer de tu vida… — mire, no sé señora, yo sólo quiero culearme a su hija — pensabas, pero le decías que ibas a estudiar, y que tu sueño era ser ingeniero, terminar con el hambre del mundo y encontrar la cura del cáncer.
Por supuesto, el té se tomaba bebido, sin tocar ni una factura, ni un pastelito, no fuera a pensar que eras un muerto de hambre.
Luego de la merienda, a la tardecita, había que sacar a pasear el perro. Otra vez a la puta calle, pero ésta vez arrastrado por un dálmata del tamaño de un caballo que para complicártela se quería quedar a mear cada árbol que pasábamos y se quería culiar a cada perrita que veía.
Por suerte no se usaba la dichosa bolsita, porque cagaba como un dragón el hijo de perra.

Volver a la noche, a cenar (si había suerte), y tomarte el colectivo a tu casa, sabiendo que ese día se repetiría muuuuuchas veces antes de siquiera tocarle una teta.

Ahora con Tinder es otra cosa! El otro día almorzando con un primo millennial, le pido que me muestre eso de Tinder. Me muestra.
- Ésta sí…, ésta sí…, ésta sí…, ésta no…
- Pará pará pará! Le dijiste a una que no!
- Si.
- ¿¡Pero por quéeeee!?
- ¿Cómo por qué?
- ¡Si! ¿Cómo le vas a decir que no a una?
- Y… porque no me gustaba.
- Pero, pero, ¡PERO…!
Claro, hablamos un lenguaje distinto. En mi época, uno salía con la que te diera bola. Ni por asomo le decías que no a una chica.
- Y listo. Esperamos un rato y vemos. Si le gusto a alguna, me va a aparecer acá, y ya le puedo hablar.

Yo pensé que se estaba mandando la parte. Cuando joven, yo creé un canal de chat en el IRC. Se chateaba de forma anónima por MESES antes de concretar una cita. “Un rato” dice el mocoso. ¡JA!

Pero efectivamente, 27 cronometrados minutos después, tenía dos coincidencias.
- Mirá, ahora le escribo a una… - me dijo.
Y le puso: “hola, ¿te cabe sexo en la primera cita?” el muy animal.
Yo me reí a carcajadas de semejante bestialidad.
- Noooo querido! Así no se le habla a una mujer! Tenés que empezar por preguntarle cosas y hacer como que te importa, ¡buscar temas en común! No tenés idea del arte del cortejo…
Y estaba a punto de darle una lección al imberbe éste, pero me tuve que callar: “Si, claro” le contestó la chica.

Por eso los odio. Sin esfuerzo, sin imaginación… y en medio de la abundancia.

El diálogo siguió:
- Dónde vivís?- escribió mi primo.
- En Belgrano
- Ahh, ok. Más tarde hablamos.

Yo no entendía nada. Cómo que más tarde? Ya le dijo que sí, ¿qué esperaba el inútil éste para ir?
Se ve que mis ojos desorbitados, mi mandíbula abierta y mi baba cayendo le dieron una pista.
- Es muy lejos- me dijo.
- ¿MUY LEJOS? ¡HIJO DE PUTA! ¡Son 20 minutos en tren!
- Seee, por eso…

Cómo no odiarlos!

Me vino a la cabeza la época en que andábamos con las hormonas revolucionadas. Yo vivía en un pueblo chiquito de Jujuy, en donde era imposible enganchar una señorita local por el famoso “qué dirán”. Entonces, había que salir de ahí. Ampliar el coto de caza.
La primera opción era San Antonio. Un pueblo a 7 kilómetros del mío, que constaba de 2 calles de mas o menos un kilómetro de largo. Una para ir otra para volver. Si uno pasaba por ahí en invierno, probablemente hubiera pensado que era un pueblo fantasma, si no fuera por el policía de 200 kilos que casi siempre estaba tomando un vino en la puerta de la comisaría.
Pero en verano la cosa cambiaba. Ese paraje se convertía en una villa veraniega y venían chicas de otros lugares mucho más lejanos, como de otro continente… o de la provincia de Salta.

La vida bullía en verano… pero de noche, porque durante la siesta de Jujuy (pleno trópico de Capricornio) el sol pega tanto que las lagartijas se escupen las patas para cruzar la calle.

Entonces, de día, las adolescentes se pegaban un aburrimiento mortal y ahí es donde aprovechábamos mi amigo y yo para hacer nuestra jugada.
Como no teníamos auto, recorríamos los 7 kilómetros, en la siesta, bajo el sol de Jujuy, en bici.
Yo tenía una Fiorenza rodado 14 roja, a la que ya le faltaban los guardabarros y el portaequipaje. Decíamos que los sacábamos para que fueran mas aerodinámicas, pero la verdad es que se habían hecho pingo hacía tiempo. La de él era igual, pero verde.
Llegábamos a la casa de la señorita (sí, a los dos estúpidos nos gustaba la misma), transpirados y deshidratados. Por suerte la madre de la misma, con tal de que los hijos la dejaran dormir la siesta, nos ponía un sifón de soda a cada uno y desaparecía.
Charlábamos tratando de ganar la simpatía de la dama. Y luego nos volvíamos, cuando el sol iba bajando. Sin jamás tener ni la más remota esperanza de tocarle siquiera una teta, ¿eh? No no. Todo ese esfuerzo era para ver si accedía a ser nuestra novia primero.

Porque, como dije, para garchar tenían que ser novias… como mínimo.

Hasta que un día se rompió mi bici… y fuimos corriendo. Mirá si la falta de rodado iba a detener nuestro ímpetu.
Y así días tras día corríamos 14 kilómetros para cortejar, entendés? ¡Y mi primo no quería tomar un tren por 20 minutos para ir directamente a coger!
Mi odio es profundo como la fosa de las Marianas mirá.

Para no dejarlos sin final en la historia, finalmente la mina no nos dió bola a ninguno y dejamos de ir.
Doloroso? Para nada! Estábamos tan acostumbrados al rechazo que al otro día estábamos poniendo la mira en otra chica.
Tristemente solo la mira poníamos.

Había alguna que otra artimaña para destacarse del resto de la manada. Una de esas era la moto.
La moto te distinguía. Si tenías una moto, tenías todo lo que las guachas quieren.
Y yo tuve un amigo que tenía moto.
Claro que todo poder conlleva una gran responsabilidad. No era mágico, no. Había que aprender a usarla.
La primera vez traté de combinarla con la caballerosidad. Luego de invitar a pasear a una señorita le ofrecí subir a la moto antes que yo.
Craso error. Luego de que ella estuviera acomodada, quité la patita de apoyo y la moto quedó sostenida en su posición vertical sólo por las puntitas de los pies de la dama.
Acto seguido yo debía levantar la pierna, pasarla por sobre el asiento, entre la señorita y el tanque de nafta y quedar en posición para emprender el viaje. Parecía sencillo, pero muchas cosas podían fallar. Y fallaron.
El problema pudo haber sido que que la moto era un poco alta, o que quedaba poco espacio para que yo entrara entre la señorita y el tanque de nafta, o que el pantalón no era muy elástico…
El caso es que al levantar la pierna y pasarla en el mismo impulso, no obtuve suficiente altura y pateé la moto (que repito se sostenía endeblemente en posición vertical) cayéndose ésta hacia un costado, sobre la dama.
No fue lo peor. Yo seguí cayendo hacia adelante desequilibrado, y en un último instante, casi en el aire, pude reaccionar dando un torpe paso hacia adelante para no pisar la moto, pero no pude evitar caer sobre la pierna de la niña, que había quedado mitad sobre el cordón, mitad en la calle.

Fractura expuesta, y no la puse. Aunque no me hubiera importado la fractura, digamos todo.

En el segundo intento traté de ser sabio y aprender de la experiencia, así que ideé el plan: Uno: La señorita debía esperar a un costado a que yo subiera primero. Dos: Levantar la pierna lo más alto posible, para no patear la moto. Tres: Una vez montado sostener firmemente la moto con las piernas y esperar las tetas en la espalda.
Con ese plan (y muy concentrado en no cagarla) tomé el manubrio con la mano izquierda mientras levantaba la pierna con el máximo impulso que podía, dibujando en el aire un semicírculo perfecto, envidia de cualquier bailarina clásica, por sobre el asiento de la moto, un poco alto a decir verdad… que terminó abruptamente con mi empeine en la oreja de la dama. La muy pelotuda estaba para PEGADA a la moto, ¿podés creer?

Patada giratoria y knockout. Tampoco la puse. Y tampoco me hubiera importado el knockout, venido al caso.

Recién el tercer intento — con otra chica, obvio — fue mucho mas fructífero. Ésta vez logramos sentarnos los dos en la moto.
Pero algo no encajaba: Había tenido suerte esa vez y la dama tenía una glándulas mamarias de tamaño superior a la media… pero yo no las sentía en mi espalda.
Supuse que tomando un poco de velocidad, las acercaría, simplemente para convertirnos en una masa más aerodinámica, así que aceleré la moto…
Lo siguiente lo recuerdo en cámara lenta:
La moto avanzó al mismo tiempo que vi sus piernas ascender por ambos lados, al costado de mis brazos.
Sentí sus uñas arañándome la espalda, estirando mi ropa y soltándola de golpe.
Escuché un golpe seco contra el asfalto. Cráneo, seguro.
Miré por el rabillo del ojo a sus amigas poner cara de susto y a su hermano y amigos venir hacia mí con malas intenciones.
No frené. No me dí vuelta. Aceleré. Volví a la casa de mi amigo, le devolví la moto y me fui a mi casa. Busqué ese tesoro y con el cuidado de no tocar las manchas de huevo frito con mayonesa, cebollas, shampú, yerba y mocos, me clavé flor de paja.